LA RELACIÓN CON TU CUERPO: ¿Y si el problema nunca ha sido tu cuerpo?
Muchas personas creen que tienen un problema de imagen corporal, cuando en realidad el origen suele estar mucho más abajo de la superficie.
Llega el verano.
Hay más planes en la playa, en la piscina, ropa más fresca... y, casi sin darte cuenta, también empiezan las comparaciones.
Te pruebas un bikini o un bañador y piensas:
"Tengo que adelgazar."
Abres Instagram y ves a personas disfrutando de sus vacaciones.
"Ojalá tener ese cuerpo."
Aceptas un plan en la playa, pero pasas más tiempo preocupándote por cómo se verá tu cuerpo que disfrutando realmente del momento.

Y, sin darte cuenta, empiezas a señalar a tu cuerpo como el responsable de todo ese malestar.
"Si mi cuerpo cambiara, dejaría de sentirme así."
Y entiendo que llegues a esa conclusión.
Pero... ¿y si el cuerpo no fuera el origen del problema?
En consulta veo muchas personas que buscan mejorar la relación con su cuerpo convencidas de que el origen de su malestar está en lo físico. Muchas llegan pensando que tienen un problema de imagen corporal o de autoestima, cuando en realidad ocurre algo mucho más profundo. Cuando empezamos a profundizar, solemos descubrir algo distinto:El cuerpo nunca fue el problema.
Solo fue la forma que había encontrado ese malestar para hacerse visible.
A mis pacientes muchas veces les explico esto utilizando la metáfora del iceberg.
La metáfora del iceberg

La parte que vemos del iceberg es la relación con nuestro cuerpo. La incomodidad al mirarnos al espejo. Las comparaciones. La necesidad de esconder determinadas partes. El pensamiento constante de que solo estaremos bien cuando consigamos cambiar algo de nuestra apariencia.
Esa es la parte visible.
Sin embargo, cuando empezamos a profundizar, descubrimos que debajo suele haber mucho más.
Porque nadie nace odiando su cuerpo.
Ningún niño o niña se mira al espejo pensando que sus piernas son demasiado grandes, que su barriga debería ser diferente o que no merece ponerse un bañador porque no tiene el cuerpo "adecuado".
Esa forma de mirarnos no aparece de un día para otro.
Se va aprendiendo.
Igual que aprendemos a relacionarnos con los demás, también aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos y con nuestro cuerpo.
También aprendemos a construir nuestra imagen corporal y la forma en la que interpretamos nuestro aspecto físico.
Aprendemos a través de los mensajes que recibimos, de cómo nos hablan, de cómo nos miran, de lo que vivimos… Poco a poco, sin darnos cuenta, vamos construyendo una manera de mirarnos.
Quizá creciste escuchando comentarios sobre el peso.
Tal vez aprendiste que había cuerpos "mejores" que otros.
Puede que recibieras críticas o burlas.
O quizá nadie habló directamente de tu cuerpo, pero sí aprendiste que, para ser querida, aceptada o válida, había que cumplir determinadas expectativas.
Incluso puede que todo fuera mucho más sutil.
Que crecieras sintiendo que tenías que hacerlo todo perfecto, que no podías equivocarte, que debías agradar a los demás o que tu valor dependía, de alguna manera, de cumplir con lo que se esperaba de ti.
Y, con el tiempo, todas esas experiencias fueron construyendo la forma en la que empezaste a mirarte.
Y cuando esas heridas no se comprenden ni se elaboran, buscan una forma de expresarse. A veces lo hacen a través del cuerpo.
Porque, sí, a veces el cuerpo acaba cargando con cosas que no empezaron en él.
En muchas ocasiones creemos que nuestro problema es el cuerpo, la parte visible del iceberg, pero cuando profundizamos, vemos que hay mucho más debajo del agua y aparecen frases muy distintas:
"Nunca siento que sea suficiente."
"Tengo miedo a que me rechacen."
"Necesito hacerlo todo perfecto."
"Siento que no valgo."
"Siento que hay algo mal en mí."
El cuerpo no creó esas heridas, pero puede terminar convirtiéndose en el lugar donde las expresamos.

¿Y si consiguieras el cuerpo que siempre has querido?
Déjame hacerte una pregunta…
Si mañana despertaras con el cuerpo que llevas años deseando tener... ¿crees que desaparecerían todas tus inseguridades?
Tómate unos segundos antes de contestar.
¿Te sentirías suficiente?, ¿más válida?, ¿perfecta? O…, ¿seguiría quedando algo que podrías "mejorar"?
Como una vez le dije a un paciente:
"Da igual a qué país te mudes, las inseguridades, tu voz crítica y tus miedos… se mudarán contigo."
Con el cuerpo ocurre algo parecido: no importa cuánto te ciñas a ese canon de belleza imposible que nos dicen que tenemos que seguir. Si no sanas el origen de esas inseguridades, las heridas siempre encontrarán la forma de expresarse. Si no es a través del cuerpo, será a través de otra cosa.
Es más…, ¿acaso las personas con cuerpos normativos no viven también obsesionadas con cómo se ven?
Como decía, puedes cambiar de cuerpo, de ropa, de ciudad, incluso la forma en la que los demás te perciban, pero si no te sientes bien contigo, si te sigues viendo como alguien (o algo) que debe cambiar y mejorar, el malestar continuará ahí.
¿Por qué acabamos intentando cambiar nuestro cuerpo?
Cuando sentimos que no somos suficientes, el cuerpo puede convertirse en algo que sí creemos poder controlar.
"Si consigo adelgazar...
"Si consigo tonificar...
"Si consigo verme mejor...
…Entonces quizá me sienta suficiente."
La sensación de control, de que podemos hacer algo, nos alivia… temporalmente.
Es decir, cuando la herida está dentro, buscamos una forma de solucionarla desde fuera. Lo físico parece más fácil de manejar.
No me siento suficiente. → Trato de cambiar mi cuerpo.
Siento que estoy perdiendo el control. → Trato de controlar la comida.
Tengo miedo al rechazo. → Busco ser "más aceptable".
No me siento válida. → Me comparo constantemente.
Creo que tengo que ser perfecta. → Me exijo y no estoy conforme.

Cambiamos el cuerpo intentando aliviar un dolor que, en realidad, nunca empezó ahí.
Por eso, trabajar la imagen corporal no consiste únicamente en aprender a gustarnos más delante del espejo. Muchas veces implica comprender qué hay detrás de esa relación con nuestro cuerpo.
Por no hablar de la validación externa, claro.
Quizá hoy no necesites preguntarte qué parte de tu cuerpo cambiarías.
Quizá necesites preguntarte por qué sientes que tienes que cambiarlo.
¿Qué historia hay detrás de la forma en la que has aprendido a mirarte?
Porque cuando dejamos de luchar únicamente contra el espejo y empezamos a comprender todo lo que hay debajo, la relación con nuestra imagen corporal también puede empezar a cambiar.
No porque el cuerpo haya cambiado. Sino porque ya no necesitamos que cargue con aquello que antes intentaba sostener.
Si mientras leías este artículo te has dado cuenta de que quizá el problema nunca fue solo tu cuerpo, sino la historia que hay detrás de la forma en la que has aprendido a mirarte, pedir ayuda puede ser un buen punto de partida.
En Amaire trabajamos precisamente desde esa idea: comprender el síntoma, pero sin perder de vista todo lo que lo sostiene.
Además, si te apetece profundizar en este tema, hemos preparado un taller donde hablaremos de cómo se construye la imagen corporal, por qué nos comparamos tanto y cómo empezar a construir una relación más amable con nuestro cuerpo. Pídenos información sin compromiso.
¿Qué dice la evidencia científica?
Durante mucho tiempo hemos pensado que la relación con nuestro cuerpo dependía únicamente del aspecto físico o de la autoestima. Sin embargo, cada vez existe más investigación que muestra que la historia personal también influye en la forma en la que construimos nuestra imagen corporal.
Experiencias como las críticas constantes, el rechazo, el abuso, el maltrato o determinadas vivencias durante la infancia pueden dejar una huella en el autoconcepto y hacer que el cuerpo termine convirtiéndose en el lugar donde expresamos ese malestar.
Evidentemente, esto no significa que todas las personas que tienen dificultades con su imagen corporal hayan vivido experiencias traumáticas graves.
Pero sí nos recuerda algo importante: muchas veces merece la pena mirar un poco más abajo de la superficie.
¿Por qué he querido escribir este artículo?
Este artículo nace de algo que veo continuamente en consulta. Personas que llegan convencidas de que el problema está en su cuerpo y que, poco a poco, descubren que la historia es bastante más compleja.
Por supuesto, cada persona tiene una historia distinta. Pero hay algo que se repite una y otra vez: cuando entendemos lo que hay debajo del síntoma, la forma de relacionarnos con nosotros mismos empieza a cambiar.
Además de mi experiencia clínica, este artículo también se apoya en la investigación existente sobre trauma, apego, autoconcepto e imagen corporal.
Bibliografía recomendada
· Cash, T. F. (2004). Body Image: Past, Present, and Future.
· Neff, K. D. (2003). Self-Compassion: An Alternative Conceptualization of a Healthy Attitude Toward Oneself.
· Menzel, J. E., Schaefer, L. M., Burke, N. L., Mayhew, L. L., Brannick, M. T., & Thompson, J. K. (2011). Appearance-Related Teasing, Body Dissatisfaction, and Disordered Eating: A Meta-Analysis.
· Aimé, A., Dion, J., Khlifa, S. y Mercier, M. (2023). Alteraciones de la imagen corporal en víctimas de abuso y acoso.
Y si te apetece seguir profundizando…
· Van der Kolk, B (2014). El cuerpo lleva la cuenta.
Una última reflexión
Si hay algo que me gustaría que te llevaras después de leer este artículo es esto:
No siempre necesitamos cambiar aquello que más nos duele. A veces necesitamos comprender por qué empezó a doler.


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